La fuente de la dignidad arranca de la propia
Humanidad, lo que coloca a los individuos fuera del mundo de las cosas y de los
medios siendo fines en sí mismos. Si la Humanidad es la fuente de la dignidad
de la persona, entonces, aquello supone la existencia de rasgos propios de la
Humanidad, y que Kant lo identifica en la facultad racional del ser humano,
capacidad que le permite elegir libremente su curso de existencia, según sus
propias convicciones o ideologías (ética privada), escapando de las determinaciones
del mundo externo.
La concepción kantiana de la dignidad humana
está anclada en la libertad de autodeterminación del individuo para elegir su
proyecto de vida e implementarlo según sus propias convicciones y creencias,
sin injerencias externas que impliquen la imposición de una determinada ética.
La separación entre la ética pública y privada se concibe como una garantía
para el libre desarrollo de la personalidad.
Surge, así, una versión de democracia que
supera la consideración estrictamente formal de mero procedimiento de adopción
de decisiones, derivando en una que integra un contenido sustantivo de hondo
calado ético. Precisamente, es una ética pública de mínimos que halla
correspondencia en la defensa y promoción de las condiciones morales esenciales
identificadas con la Humanidad y que impiden rebajar y tratar a la persona como
un medio, instrumento o cosa, así como de todas aquellas que sientan las bases
para el libre y pleno desarrollo de la personalidad en el respeto y aceptación
de las diferencias de una sociedad plural.
De este modo, es posible afirmar que la
dignidad de la persona exhibe una dimensión individual anclada en la autonomía
y libre desarrollo de la personalidad, pero también contempla una dimensión
ético-pública que remite la dignidad de la persona humana al nivel de
fundamento del orden político, con una fuerte imbricación social que
legitimaría la intervención de la sociedad ante actos que contravienen dichos
valores que nutren una ética pública de mínimos, pues éstos definen un umbral
para los comportamientos que, inspirados en la libre autodeterminación, no
pueden ser tolerados si causan una degradación de los mismos.
Siendo el lenguaje de los derechos humanos la
expresión de esa ética pública de mínimos, ya que es un ideal que brega por el
reconocimiento y respeto de un núcleo indeleble en la dignidad de la persona
humana que es presupuesto moral necesario para el desarrollo del resto de los
derechos fundamentales.


No hay comentarios:
Publicar un comentario